24: El día “B”


El viernes una que yo sé y la menda bailarán al son de los motores de UPS y bajarán las escaleras cual alma que lleva al diablo en cuanto escuchen el timbre de la puerta.

¿Por qué? Pues porque Gus y Hazel están invitados (obligados) a quedarse en casa y revivir por siempre jamás su historia de amor.

¡¡Sí, sí, sí!! El 24 de octubre (la semana que viene) sale a la venta la edición especial de la adaptación de Bajo la misma estrella. El viernes que viene estaré esperando ansiosamente mi paquete de Amazon, pedido en pre-order sin poder haber aguantado a que esté en los centros comerciales (soy una ansia, lo sé, es continuo y no puedo remediarlo).

Hazel (Shailene Woodley) y Gus (Ansel Elgort) son dos extraordinarios adolescentes que comparten un ácido sentido del humor, un desprecio por lo convencional y un amor que les arrastra (y a nosotros con ellos) hacia un viaje inolvidable. Su relación es incluso más increíble si tenemos en cuenta que se han conocido y enamorado en un grupo de apoyo a personas con cáncer.

Bajo la Misma Estrella, basada en el best-seller de John Green, explora la felicidad, la emoción y la tragedia que supone estar vivo y enamorado.

¿Ya la habéis pedido? ¿Esperando como yo a que no os dé un ataque de aquí al viernes? ¡Ánimo! Y si no… ¿A qué esperáis? ¡¡¡¡Que se acaban las pre-orders!!!!

Reseña Zombi d’Or, Ciudad de vacaciones – Fernando Polanco


Fernando Polanco (alias Elidodelaolladescarao) nos escribió para que leyéramos su novela de zombis. Hmmm… Novela de zombis… *póngase cara de A ver qué me estás contando.

La verdad es que no sabía qué podía encontrarme dentro de un libro en el que sus personajes principales son zombis (hasta aquí normal) octogenarios en Marina D’Or (aquí ya va el Zas, en toda la boca).

Zombi d’Or se encuentra dentro de la sección de terror de Kiwi, y es una de las cosas negativas que le veo a la novela, aunque esto es problema de la editorial: lo terminas y lo único que te ha dado miedo es que el autor no haya acabado con secuelas psíquicas después de vomitar cual zombi indigesto a su propia persona (intuyo que ha puesto mucho de sí mismo en el libro, cosa que una vez terminada la lectura me fascina y me da miedito a partes iguales).

Recuerdo la novela y por el momento no hay vez que no me asome la sonrisilla, aunque debo confesar que al principio la puse verde (que os lo diga Mai que aguantó mi verborrea) porque en mi mente de lectora habituada al sentido común en toda regla no había cabida para lo que eran chistes malos y escenas demasiado surrealistas. Es una comedia zombística, una novela que pretende entretener y divertir al lector con esa excursión a la ciudad de vacaciones hija predilecta de la Patria, y que me acabó gustando bastante más de lo que esperaba para mi sorpresa.

Nació a finales de los ochenta en la entrañable localidad de El Muerto de Santa María (CádiZ). Con dieciocho años, Fernando Polanco hizo las maletas y se fue a Barcelona, donde se recluyó durante cuatro años en la prestigiosa ESCAC para salir con un diploma que lo acreditó como guionista en paro.
Poco después cruzó el charco para hacer un máster en la internacionalísima escuela de cine de Cuba, pero una diarrea lo trajo de vuelta al viejo continente, concretamente a Filmax, donde fue la «becaria maciza» durante algunos meses.
En 2013 publicó un relato en la antología pornozómbica «Body Shots» y en 2014 estrenó un microteatro en Barcelona con un título trabalenguas: «El Filántropo Antropófago», todo un éxito de público.


 

Digo, muy convencidamente (??¿¿), que no he leído paranoia igual y que debo plantearme seriamente acudir a un especialista porque ha llegado a gustarme y todo.
Dejad la mente en blanco y borrad cualquier idea preconcebida antes de atreveros a conocer a Laia (que viene de Leia, como la de Star Wars, sí…), porque ni por asomo llegaréis a imaginar todo lo que podríais encontrar. Solo os diré que aparece hasta Merkel.

La novela ocurre porque Laia, que es chunguísima y me ha caído bien aunque se pasa de lista y de friki, se carga el viaje de fin de curso de su clase: acaban todos en Marina D’Or. A partir del minuto menos uno en el que nuestra prota pone el pie en el bus (o más bien se lo ponen), será todo algo tan pintoresco y reducido al absurdo que te gustaría llegar a una isla desierta y gritar hasta desgañitarte (yo es que soy muy de respetar los niveles acústicos en convivencia vecinal).

Zombie D’Or es un sinsentido al que no debes buscarle razón, sino leer y dejarte llevar.

Laia me ha gustado, pero no ha sido una protagonista con la que haya empatizado cien por cien. No soy de las que se sienten una más de las novelas que leen, ya que habitualmente leo como si estuviera en el cine y viera pasar la historia de otro, pero con esta ha sido incluso una visualización más lejana. El rollo adolescente no me ha parecido muy creíble (no creo que por mencionar a Justin Bibier el lector deba asumir y creerse la edad del personaje), además que el tema friki no ha hecho que aumente mi nivel de empatía, sino todo lo contrario: no me he empanado de muchas de las referencias que añade Fernando a la novela, ni de los gustos frikosos de Laia. En mi opinión, su edad no me coincide con el frikismo nivel expero que tiene.

Los secundarios tienen mucho que enseñar también (y no porque una de ellos se saque los melones en medio de la historia), sino porque tanto podría decirse que el elenco de personajes es todo protagonista. La verdad es que podremos elegir entre un amplio abanico de personalidades, físicos, tópicos adrede y demencias varias. Yo, sinceramente, estoy con las ganas de preguntarle a Fernando (con todos mis respetos) qué se había metido el día en el que escribió Zombi d’Or (esto debe de haber sido una expiación en toda regla). Os podría contar un poco de cada uno de los personajes, pero es que no sabría por dónde empezar: si por la friki de Star Wars o por su abuela, si por el kany flamencorro o por la pija.
Lo anterior es bueno y malo en cantidades más o menos iguales: los personajes no están totalmente desarrollados, no se centra en ninguno en concreto (en Laia si me apuras, y porque es la protagonista) y muchos de los aspectos que los definen son así porque, como diría mi yaya Angus, Dios (Fernando) lo ha querido y el lector se lo tiene que creer por narices. Lentejas, si te gustan las comes, si no las dejas.

Asimismo, el autor ha usado cierta actualidad superficial para sus chistes varios, cosa que no te hace reflexionar, aunque sí echar la carcajada. No se ha ahondado en una trama en concreto (terror, romance, amistad o crítica social… por poner algo), sino que ha tirado de cualidades de cada una en los momentos en que las necesitaba. Esto también es un punto a tener en cuenta por el lector, ya que según lo que busque no lo encontrará: no encontrará una trama intrincada con recovecos que investigar por doquier, ni hipótesis o proposiciones que podamos debatir con los demás lectores.
La novela es acción por poco completamente, vísceras, sangre y dentaduras postizas zombis a tutiplén. Un no parar de secuencias en las que se patean culos casi centenarios y se desgarran pieles putrefactas por doquier, aliñado con diálogos ingeniosos y graciosos y muchas marcas (demasiadas).

A grosso modo, lo mejor que tiene la novela es su autor (vale, sí, claro… porque sin él no habría novela), más que nada por el hecho de que su profesión se palpa en las páginas del libro. Fernando es guionista, y ya os podéis imaginar lo que esto repercute en la narración: los diálogos son rápidos no, rapidisísimos; muy, muy ingeniosos (aunque para sacar puntilla diré que a veces la ida de olla es demasiado y hay chistes que no me han hecho ni puñetera gracia y han resultado en mi típica cara de *Me estás vacilando). La descripción es muy visual, con tres o cuatro apuntes te coloca en escena y no te da la sensación de que te falte de nada, y el ritmo no para en ningún momento.
Espero con ganas lo próximo de Fernando Polanco; quitando capas de desvaríos varios y aprendiendo un poco a frenar, creo que el autor puede dar mucho y muy bueno si se lo propone. Estoy segura de que una novela seria suya (sí, porque esta no me lo ha parecido), ganará más puntos que muchas de las que pasan por aquí normalmente.

—Yo creo… —La oronda se pasó la lengua por los labios para rebañarse el kétchup de los labios—. Perdón —eructó—. Yo creo que esto solo pasa aquí, en Valencia. Seguramente es algún rollo chungo de los políticos, siempre han sido unos vivos, unos monstruos vivos, digo. Seguro que uno de ellos se ha escapado del ayuntamiento, ha mordido a un ciudadano y lo ha convertido en uno como él. ¿Qué sentido tiene que nos laven el cerebro si no es para comérselo luego, no?
Nadie le rio el chiste.
—Esta cosa existe desde hace más tiempo del que pensamos… —Pitagorín empezó serio, pero enseguida exageró el tono de voz convirtiéndose en un improvisado Bela Lugosi (utilizó un mantel a modo de capa vampiresca)—. ¡Empezó en Mercadona! La infección es marca Hacendado, ¡y es demasiado barata para detenerla!
Tampoco rio nadie. El ambiente era bastante depresivo. Nos caían gotas de humedad desde el techo de cristal que, junto al paisaje destruido de la azotea, componían la perfecta estampa de un lugar arrasado por un tsunami.
Yo fui la única que apreció el chiste de Pitagorín, me encantaban las coñas con la marca Hacendado, pero contuve la risa. Sin embargo, la réplica de Vicky no tardó mucho (como en cualquier conversación culinaria):
—¿Ah, sí? Pues si el virus está en los donuts, que vayan preparándome la tumba. —Y acompañó la palabra “donuts” con un gruñido estomacal, como un perro de Pavlov con chocoholismo.
Ahora sí, risas de todos.
Y no era por haber escuchado el chiste definitivo, era una especie de catarsis colectiva. Ninguno había asimilado los acontecimientos que se habían sucedido durante el día, eran demasiado increíbles, demasiado espantosos. Pero ahora, con la tarde cayendo, el estómago lleno, y, por fin, un ambiente distendido, todos se desahogaron de la mejor forma que existía: a carcajadas.
Todos menos yo.


El final ha sido un tanto rápido y el desenlace no me ha terminado de convencer. Cosillas sueltas y más surrealismo, quizá debería haberse centrado un poco en el momento de terminar el libro; aunque por otro lado casi que así ya está bien, porque si se hubiese alargado más se le hubiera acabado de ir de las manos y lo que en principio queda como una novela de zombis diferente y sin pretensiones un poco pasada de vueltas, hubiera terminado en negligencia literaria.

Personalmente, me parece un libro divertido con el que desconectar muy mucho de la agotadora rutina diaria.
Y digo personalmente porque OJO: el humor variopinto de Fernando puede no resultar tan gracioso para algun@s lector@s. Estamos ante una de esas novelas que te acaban gustando aunque no sepas porqué o que cierras por los siglos a las cinco páginas.

Creo que debe leerse esta novela sin pretender encontrar lo que queremos encontrar, hay que tener en cuenta que esto es lo que hay y ya.

No le busques tres pies al zombi.

En proceso: Una casa en Thornwood


Tengo tres reseñas pendientes (de medio zombis, vampiros y tal), y me pongo a empezar una cuarta novela: Hola, mi nick es Nia y no tengo remedio (qué pereza me da reseñar…). Será el cambio de tiempo, pero es que es pensar en ponerme frente a Writer a empezar una reseña y hago la croqueta dirección a la cama; y eso que luego cuando me pongo no hay quien me pare y puedo sacar reseñas como churros…

En fin, que con la excusa en vez de empezar “críticas” empiezo novelas. Esta vez una que me llegó hace un par de semanas: Una casa en Thornwood. Fue un paquete sorpresa, paquete que podía salir bien o podía salir mal y que contenía una novela de la que no conocía nada.

AUna misteriosa herencia. Audrey hereda de su exmarido, que ha muerto de forma súbita e inesperada, una finca abandonada en Queensland. Decide no venderla y aprovechar la oportunidad para escapar de la ciudad y de una vida sin mucho aliciente.
Un terrible secreto. En una habitación descubre la fotografía de un guapo médico de la Segunda Guerra Mundial, Samuel Riordan, el antiguo dueño de la casa. Pronto se obsesiona con él y empieza a indagar sobre su vida hasta descubrir que fue acusado de asesinar a su esposa a la vuelta de la guerra en 1946. Cuando le cuentan sobre otras muertes inexplicables en época reciente, una de ellas la de una adolescente cuyas heridas recordaban a la primera víctima, empieza a sospechar que el asesino sigue vivo.
Un nuevo amor. La investigación de Audrey provocará en el asesino la necesidad de matar de nuevo. Justo cuando ella estaba empezando a encajar en la comunidad. Justo cuando su hija y su suegra estaban entablando una bonita relación. Justo cuando ella había encontrado un hombre que le hace pensar que es el momento de amar de nuevo.

Por el momento voy leyendo sin prisa, pero sin pausa. Es bastante extensa, pero la buena prosa de la escritora hace que pases las páginas sin percatarte.

Está muy bien escrita, con un suspense impreso en sus letras muy logrado. En Una casa en Thornwood tendremos de todo (romance, amistad, lazos familiares, un toque de suspense paranormal…), por el momento me está gustando lo suyo, aunque no os puedo avanzar gran cosa más porque justo llevo la mitad.
Espero traeros la reseña (sin pereza) en unos días.

¿Habéis leído la novela? Si es así, ¿qué os ha parecido? Y los que no… ¿os llama la sinopsis? ¿Esperáis la reseña?

¡Os cuento en breve!

Quédate tus limones, y las adaptaciones, loca.


Ya. Ya lo sé. Somos propensas a la indignación. Cada uno con sus cosas, hoygan.

Mi madre siempre me decía que si la vida te da limones, tienes que hacer limonada, y yo le miraba y no entendía nada. Es decir, ¿la vida es un ente que pueda entregar cosas? Y si fuera así, ¿para qué iba a darme limones? ¿Y cómo cojones se hace la limonada? ¿Y para qué voy a hacer limonada si no me gusta? ¿Es, entonces, la vida una persona que va regalando limones por doquier? Ya. Ya. Que sí, que puedes sacar algo bueno de algo aparentemente malo. Pero… no. Hay limones que son limones y no hay dios que haga limonada de ellos ni dedicándole varias vidas. Y esto es así. Y hay un limón que se ha colado en mi existencia y no puedo sacarme de la cabeza.
Mi limón se llama Adaptaciones. Adaptaciones, Perdidos; Perdidos, adaptaciones.
Hechas las presentaciones, vamos a intentar hacer limonada. Porque estoy hasta el limón.

Hace unos años, no me hagáis calcular cuántos, para ver una adaptación de una novela juvenil tenían que alinearse varios planetas, tres bolas de dragón y un velociraptor bajo la luna llena mientras cantaban alguna canción con palabras raras de esas que dan mucho yuyu.
ERA UNA PASADA. Tú leías, flipabas mucho y después te enterabas de que iban a adaptarla a la gran pantalla –casi como si te estuvieran haciendo un favor- y te sangraba la nariz tanto que tenías a Edward a los pies intentando pillar cacho.

Y hablando de los vampiros de la Meyer… –¿sutil, eh?- Creo que esas pelis fueron de las primeras adaptaciones que vi. En ese momento me di cuenta de que mi imaginación mola mucho más que cualquier película que se pueda hacer, y ni os cuento que las que se hacen. Desde entonces he visto adaptaciones a tutipleni y seguramente acabemos por ver una adaptación antes de que salga el libro –si es que no ha pasado ya y no me he enterado-.
Me diréis “Pues no las veas y asunto resuelto”. Pero no. Quejarse es divertido, además es IMPOSIBLE no enterarse, ver algún trailer o acabar reteniendo en tu retina alguna foto aleatoria de los protagonistas de turno. Me estáis mandando directa al exilio o condenándome a una vida de ermitaña. No puedes escapar de las adaptaciones. Siempre están ahí. Al acecho. En las últimas noticias de Facebook, en el periódico, en una parada de autobús, en la televisión o en boca de algún amigo aficionado a los limones. Son como los asesinos chungos de las pelis, da igual que tú corras, ellas caminarán tranquilamente sabiéndose triunfantes. Jodidos limones, saben que acabarás tropezando.

No sé si es porque han visto el tirón, los guionistas están muy ocupados bebiendo limonada o el velociraptor le ha cogido el gustillo a cantar… pero según yo, se estrena una adaptación cada tres segundos. ¿Nadie les ha enseñado que todo es malo en grandes cantidades? Y si esas cantidades incluyen dosis de adaptaciones como Vampire Academy, Cazadores de sombras o Hermosas criaturas ya es que ni esperas a que el exceso te mate. Te ahogas tú. Con tus propias manos. Rogando que no exista la reencarnación. Ni luz. Ni nada. Un vacío permanente. Por favor.


Que sí, que hay adaptaciones que están bien. Pero oish. Es que no consigo que sea lo mismo, solo consigo verla como si estuviera jugando a las diferencias. No escucho lo que dicen, sino lo que callan; no veo lo que me enseñan, sino lo que se guardan. Todo está mal. Y evidentemente nunca podría estar bien. Al menos no hasta que inventen las gafas 3P (Cada uno ve lo que tiene en su cabeza. Quietos, no me seáis Grahams, que ya las estoy patentando). Sufro y mis ojos se vuelven de un bonito, pero poco favorecedor, blanco.

El colmo de los colmos ha sido cuando alguien que yo creía apreciar –voy a ocultar su identidad porque es para que le asesinen- me ha dicho que esperaría a ver una película de un libro para ver si lo leía. Tú antes molabas. ¿Qué ha pasado? ¿Cuándo? Casi me caigo al suelo.

Hay tantas adaptaciones –y tan rápido- que ya ha perdido toda la magia. Ni siquiera existe la angustiosa dulzura de la espera. Lees un libro y al momento anuncian la película, y si pudiesen te metían el trailer directamente en la sinopsis.

Y aquí y ahora me planto. Me bajo y regalo mis limones a quien los quiera. No voy a ver ni una más. Y cada vez que me persiga esperando que tropiece, cerraré los ojos y me iré a llorar a un rincón.

He terminado con las adaptaciones. Lo siento. No soy yo, son ellas.

¿Qué opináis de las adaptaciones? ¿Las veis religiosamente mientras abrazáis a su pobre progenitor literario, pasáis por la adaptación sin visitar el libro, o estáis ya cansados y solo leéis? ¡Os leemos!

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...